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Hablemos siempre de forma edificante

Hablemos siempre de forma edificante

“No proceda de la boca de ustedes ningún dicho corrompido, sino todo dicho que sea bueno para edificación [del prójimo].” (EFESIOS 4:29.)

1-3. a) ¿Qué regalo nos ha hecho Jehová, y cómo puede usarse mal? b) Si queremos mantenernos en el amor de Dios, ¿cómo tenemos que usar el don del habla?

SUPONGAMOS que le regalamos un automóvil a un ser querido y este decide usarlo mal, conduciendo de forma irresponsable y haciendo daño a otras personas. ¿Cómo nos sentiríamos? Sin duda, muy decepcionados.

2 Pues bien, Jehová es el origen de “toda dádiva buena y todo don perfecto” (Santiago 1:17). Por ejemplo, nos ha regalado algo que nos distingue de los animales y que nos permite expresar nuestras ideas y sentimientos: la facultad del habla. Pero este regalo, como el automóvil de la comparación, puede usarse mal. De hecho, muchas personas lo emplean de forma irresponsable y hacen daño a los demás. ¿Comprendemos, entonces, lo decepcionado que debe sentirse Jehová?

3 Si queremos mantenernos en el amor de Dios, tenemos que usar este don como él quiere. O lo que es lo mismo, tenemos que seguir las instrucciones que ha dejado en la Biblia: “No proceda de la boca de ustedes ningún dicho corrompido, sino todo dicho que sea bueno para edificación [del prójimo] según haya necesidad, para que imparta lo que sea favorable a los oyentes” (Efesios 4:29).  Por eso, a continuación examinaremos qué tipo de lenguaje hemos de evitar y cómo podemos usar el don del habla para edificar a nuestros semejantes. Pero, antes de nada, veamos por qué es tan importante controlar la lengua.

POR QUÉ CONTROLAR LA LENGUA

4, 5. ¿Qué dicen varios proverbios bíblicos sobre el poder de las palabras?

4 La primera razón para controlarnos al hablar es el gran poder de las palabras. A este poder alude Proverbios 15:4: “La calma de la lengua es árbol de vida, pero el torcimiento en ella significa un quebrantamiento del espíritu”. * Las palabras calmadas de una lengua bondadosa son tan refrescantes como el rocío y tan reconfortantes como un bálsamo. En cambio, los comentarios malintencionados de una lengua perversa le aplastan el ánimo a cualquiera. Como vemos, las palabras pueden herir o pueden curar (Proverbios 18:21).

5 El poder de las palabras también se ilustra en Proverbios 12:18. Allí se indica que quien “habla irreflexivamente”  es como quien da “estocadas [con] una espada”. Al soltar las cosas sin pensar, causa profundas heridas y echa a perder buenas amistades. En efecto, las palabras pueden dolernos más que si una espada nos atravesara el corazón. Pero, como añade el proverbio, también pueden tener el efecto contrario: “La lengua de los sabios es una curación”. Quien se esfuerza por demostrar la sabiduría divina mide bien lo que dice. Con sus comentarios bondadosos sana corazones heridos y restablece buenas relaciones. Sin duda, todos hemos constatado el poder curativo de las palabras (Proverbios 16:24). Lo que sale de nuestros labios tiene mucha fuerza; usémoslo, por tanto, no para lastimar al semejante, sino para aliviarlo.

Las palabras calmadas son como rocío refrescante

6. ¿Por qué cuesta tanto refrenar la lengua?

6 Pero, por más que intentemos hablar con cuidado, a veces fracasaremos. Y este hecho nos muestra la segunda razón para controlarnos al hablar: la tendencia innata a hacer mal uso de la lengua. En efecto, nos cuesta mucho refrenarla porque las palabras proceden del corazón y, según indica la Biblia, “la inclinación del corazón del hombre es mala” (Génesis 8:21; Lucas 6:45; Santiago 3:2-4). Ahora bien, aunque la imperfección nos impide dominar la lengua por completo, sí podemos manejarla mejor. Para ello tendremos que realizar un esfuerzo constante, como si estuviéramos nadando contra la corriente.

7, 8. ¿Hasta qué punto somos responsables ante Jehová de lo que decimos?

7 La tercera razón para controlarnos al hablar es la responsabilidad que tenemos ante Jehová. Lo que decimos no solo influye en la convivencia con los demás, sino también en nuestra relación con Dios. Así lo indica Santiago 1:26: “Si a un hombre le parece que es [un buen] adorador […], y con todo no refrena su lengua, sino que  sigue engañando su propio corazón, la forma de adoración de este hombre es vana”. * Como se explicó en el capítulo anterior, existe una estrecha relación entre el uso que hacemos del lenguaje y nuestra adoración. Si diéramos rienda suelta a la lengua e hiciéramos comentarios hirientes y llenos de veneno, el servicio que rendimos a Dios no tendría ningún valor. Sin duda, esto debería darnos mucho que pensar (Santiago 3:8-10).

8 Hemos visto tres razones de peso para controlarnos en el uso de las palabras. Ahora examinaremos cuál es el lenguaje que debemos evitar por completo y cuál debemos emplear para edificar a nuestros semejantes.

PALABRAS QUE DERRUMBAN

9, 10. a) ¿Qué lenguaje se ha vuelto una plaga? b) ¿Por qué debemos rechazar el lenguaje sucio? (Véase también la nota.)

9 Lenguaje soez. En la actualidad, las blasfemias, las groserías y las vulgaridades de todo tipo se han vuelto una plaga. Muchas personas recurren a ellas para añadir fuerza a lo que dicen o para compensar su limitado vocabulario. Y en el mundo del espectáculo, los humoristas se valen de palabrotas y chistes subidos de tono para entretener al público. Pero eso no tiene ninguna gracia. Hace dos mil años, Pablo envió a los cristianos de Colosas una carta inspirada donde les aconsejó evitar por completo el “habla obscena” (Colosenses 3:8). Y a los hermanos de Éfeso les escribió: “Ni siquiera se mencionen entre ustedes [cosas como el] bromear obsceno” (Efesios 5:3, 4).

10 A nuestro amado Dios le ofende el lenguaje sucio. Por eso, nosotros también lo detestamos y nunca lo utilizamos.  Tenemos muy claro que puede ser una forma de “inmundicia”, la cual figura entre las “obras de la carne” condenadas por Pablo (Gálatas 5:19-21). Sin duda, es un asunto muy serio. ¿Qué le sucederá a quien tenga el vicio de andar siempre hablando de temas gravemente inmorales, indecentes o pervertidos, sea de forma descarada o valiéndose de dobles sentidos? En primer lugar, recibirá varias advertencias. Y si se niega a arrepentirse y corregirse, será expulsado de la congregación. *

11, 12. a) ¿Cuándo están mal los comentarios sobre las vidas ajenas? b) ¿Por qué debemos evitar las calumnias?

11 Chismes y calumnias. Los comentarios sobre las vidas ajenas pueden ser inofensivos si giran en torno a asuntos positivos o útiles, como quién se acaba de bautizar o quién necesita ánimo. Los cristianos del siglo I también se interesaban mucho por sus hermanos y hablaban de ellos sin ninguna malicia (Efesios 6:21, 22; Colosenses 4:8, 9). Lo que no está bien es hacer comentarios que distorsionen la realidad o revelen detalles de la vida privada. Esa costumbre pudiera llevarnos incluso a algo más grave: la calumnia, que se define como “acusación falsa hecha maliciosamente en contra de alguien con el fin de dañarlo o desprestigiarlo” (Diccionario del español usual en México). Como ejemplo de claras calumnias, tenemos las mentiras que lanzaron los fariseos contra Jesús con la intención de desacreditarlo (Mateo 9:32-34; 12:22-24). Un hecho innegable es que las calumnias generan muchas discordias (Proverbios 26:20.)

 12 ¿Cómo ve Jehová a quienes se dedican a difamar o sembrar discordias? No los ve con buenos ojos. Lo que es más, odia a quienes provocan “contiendas entre hermanos” (Proverbios 6:16-19). Recordemos que el término griego para “calumniador” es diábolos, el mismo que se usa para presentar a Satanás como el “Diablo”, es decir, como el Calumniador que difama a Dios (Revelación 12:9, 10). Desde luego, ninguno de nosotros querría convertirse en un “diablo” (o sea, en un calumniador). Ciertamente, en la congregación no hay lugar para la calumnia ni para las obras de la carne que esta fomenta, entre ellas las “altercaciones [o riñas]” y las “divisiones” (Gálatas 5:19-21). Así pues, antes de contar cualquier cosa sobre el prójimo, debemos preguntarnos: “¿Estoy seguro de que es cierto? ¿Sería una muestra de amor revelarlo? ¿Es necesario o conveniente que otros se enteren?” (1 Tesalonicenses 4:11).

13, 14. a) ¿Cómo afecta a las personas el lenguaje injurioso? b) ¿En qué peligrosa situación se encuentran los injuriadores?

13 Maltrato verbal. Como ya vimos, las palabras pueden hacer mucho daño. Y es cierto que la imperfección nos lleva a todos a decir cosas que luego lamentamos. Pero la Biblia nos advierte que hay una forma de hablar que no es admisible ni en la congregación ni en la familia. Pablo exhortó a los cristianos: “Que se quiten toda amargura maliciosa y cólera e ira y gritería y habla injuriosa” (Efesios 4:31). Otras traducciones bíblicas vierten “habla injuriosa” como “insultos”, “ofensas” y “lenguaje insultante”. Esta forma de hablar —que incluye las palabras humillantes, los comentarios ásperos y las críticas despiadadas— atenta contra la dignidad y la autoestima de las personas. Y los niños, al ser más inocentes y tiernos, son especialmente vulnerables (Colosenses 3:21).

 14 La Biblia condena tajantemente a los injuriadores y muestra que se encuentran en una situación muy peligrosa. ¿Qué futuro le espera a quien tenga la costumbre de emplear expresiones insultantes, despectivas o humillantes? Primero recibirá varias oportunidades de corregirse. Pero si no las aprovecha, terminará expulsado de la congregación. Y peor aún, hasta pudiera perder la vida eterna bajo el Reino de Dios (1 Corintios 5:11-13; 6:9, 10). Queda claro, que mantenerse en el amor de Jehová es incompatible con las groserías, con las mentiras, con los insultos y, en definitiva, con todas las palabras que derrumban al prójimo.

PALABRAS QUE EDIFICAN

15. ¿Qué tipo de lenguaje edifica al prójimo?

15 ¿Cómo quiere Jehová que usemos el don del habla? Recordemos que la Biblia nos pide que lo utilicemos “para edificación [del prójimo]” (Efesios 4:29). A Jehová le complace que nos esforcemos por hallar palabras constructivas que animen y fortalezcan. Pero las Escrituras no contienen un reglamento detallado ni una lista con vocabulario “saludable” (Tito 2:8). Para saber si un comentario es edificante solo hay que ver si pueden aplicársele estos tres adjetivos: sano, cierto y bondadoso. Tengamos presentes estas tres importantes características mientras analizamos varios ejemplos (véase el recuadro “ ¿Es edificante mi forma de hablar?”).

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