Impartir disciplina ¿QUÉ IMPLICA? Disciplinar implica guiar, enseñar y, a veces, corregir el mal comportamiento de los hijos. Sin embargo, a menudo conlleva inculcar en ellos valores morales para que aprendan a tomar buenas decisiones y no se equivoquen. ¿POR QUÉ ES IMPORTANTE? En los últimos años, la disciplina ha desaparecido prácticamente de algunos hogares, pues los padres tienen miedo de dañar la autoestima de sus hijos. Sin embargo, los buenos padres ponen normas razonables a sus hijos y les enseñan a obedecerlas. “Los hijos necesitan límites claros para convertirse en adultos maduros y equilibrados. De lo contrario, son como un barco sin timón: tarde o temprano, se desviarán de su rumbo y naufragarán” (Pamela). ¿QUÉ PUEDE HACER? Sea consecuente. Si su hijo no lo obedece, hágale ver que sus acciones tienen consecuencias. Por otro lado, cuando sí lo obedezca, felicítelo. “Como hoy en día la obediencia brilla por su ausencia, siempre felicito a mis hijos cuando son obedientes. Así les resulta más fácil aceptar la disciplina cuando la necesitan” (Christine). PRINCIPIO BÍBLICO: “Porque cualquier cosa que el hombre esté sembrando, esto también segará” (Gálatas 6:7). Sea razonable. Al disciplinar a su hijo, tome en cuenta su edad, su capacidad y la gravedad de lo que ha hecho. Normalmente, la disciplina es más eficaz cuando está relacionada con la mala acción. Por ejemplo, si su hijo no respeta sus normas sobre el teléfono celular, tal vez podría limitarle su uso durante un tiempo. Ahora bien, procure no hacer una montaña de un grano de arena. “Siempre intento saber si mi hijo me desobedeció a propósito o si sencillamente cometió un error. No es lo mismo corregirle por tener una mala actitud que ayudarle a entender que se ha equivocado” (Wendell). PRINCIPIO BÍBLICO: “Padres, no estén exasperando [o irritando] a sus hijos, para que ellos no se descorazonen” (Colosenses 3:21). Sea cariñoso. Si disciplina a sus hijos con cariño, estos lo notarán y les será más fácil aceptar la disciplina y aprender de sus errores. “Cuando nuestro hijo se equivocaba, siempre le decíamos que estábamos orgullosos de todas las buenas decisiones que había tomado hasta ese momento. Le explicábamos que su error no lo marcaría de por vida si lo corregía y que nosotros lo ayudaríamos” (Daniel). PRINCIPIO BÍBLICO: “El amor es sufrido y bondadoso” (1 Corintios 13:4).